
Retratan autoexilio dorado de Amílcar Olán en Suiza
El empresario tabasqueño salió de México tras solicitar un amparo contra cualquier detención
Atrapado en una espiral de sospechas y acusado de tejer una próspera red de tráfico de influencias sustentada en millonarios contratos con gobiernos de la Cuarta Transformación, Jorge Amílcar Olán Aparicio —amigo íntimo de Andrés Manuel López Beltrán, «Andy»— vio cómo el suelo se desmoronaba bajo sus pies en México. Cercado por el escrutinio público, exhausto de promover desesperados recursos de amparo y sintiendo sobre sus espaldas una inminente persecución, eligió el camino de los que huyen: el autoexilio.
Su refugio dorado terminó siendo Lugano, una idílica pero distante ciudad turística en Suiza. Ahí, en medio de la opulencia de una de las avenidas más exclusivas del país europeo, el ostentoso magnate vive sumido en un sofocante confinamiento voluntario, según reveló una investigación del reportero Irving Pineda, de Azteca Noticias, tras presuntamente obtener su ubicación mediante una llamada anónima.
La mansión que habita refleja la ironía de su desgracia: una imponente estructura roja de tres pisos, enclavada en la parte más alta de la colina, dotada con alberca panorámica y comedores al aire libre. Sin embargo, para Olán Aparicio, esa residencia no es un palacio, sino una celda de cristal. «Pese a los millones que tiene, él no anda en la calle, está escondido [...]. Resulta que no sale ni al comedor. No sale ni a la alberca, él anda literalmente escondido; a veces baja a contestar su teléfono, pero pasa horas y horas y horas escondido», relató el reportero Pineda al describir la angustiosa paranoia del empresario, quien rehuye incluso del sol.
En ese dorado cautiverio solo lo acompañan su esposa, sus dos hijos y una empleada doméstica. Su rutina diaria es la estampa viva de la soledad y la sospecha: mientras sus hijos caminan solos a la escuela, él -de acuerdo a videos obtenidos por la televisora- pasa los días atrincherado en la penumbra de su habitación, recostado, fijando la mirada únicamente en la pantalla de su celular para responder mensajes cifrados y llamadas breves.
Para evitar levantar sospechas en el estricto sistema postal suizo, omitió en el buzón su primer nombre, «Amílcar», firmando solo con su segundo apellido. Tras siete días de silencioso acecho, el velo de su anonimato se rasgó drásticamente cuando el equipo periodístico decidió encararlo a la salida de la escuela de sus hijos.
Al verse descubierto en plena vía pública, la fachada de calma de Olán Aparicio se desmoronó al instante. Cuando Irving Pineda se acercó mencionando los escándalos que lo persiguen, el empresario reaccionó pasando de la cortesía a la molestia. Fuera de sí, comenzó a gritar amedrentando al equipo periodístico con llamar a la policía suiza. En medio de un forcejeo, abalanzó sus manos sobre el teléfono móvil en un intento desesperado por arrebatar e inutilizar el equipo con el que documentaban su huida, para finalmente escapar a toda prisa.
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Ricardo Iván Marín
Crítico, analista, preocupado por el presente que desarrollará el futuro



