Managua, Nicaragua. La dictadura nicaragüense, encabezada por la eterna pareja presidencial Daniel Ortega y Rosario Murillo, ha protagonizado un inusual acto de "bondad" al excarcelar a "decenas" de personas que, oh sorpresa, la embajada de Estados Unidos en Managua había señalado como "injustamente detenidas". La liberación se produce justo después de que Washington recordara, con una sutileza digna de elefante en cristalería, que mientras Venezuela liberaba un "gran número de presos políticos", en Nicaragua aún quedaban más de 60 tras las rejas.
La coincidencia, por supuesto, es puramente "simbólica", como lo afirmó el gobierno en su escueta nota: un "invariable compromiso con el encuentro, la paz y el derecho de todos a una convivencia familiar y comunitaria". Uno casi podría creerlo si no fuera porque la liberación coincide de forma sospechosamente oportuna con el reciente y turbulento "viaje" de su incondicional aliado, el derrocado presidente venezolano Nicolás Maduro, quien fue capturado por militares estadounidenses en Caracas y trasladado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico.
Parece que el "modelo" chavista, tan admirado por Ortega y Murillo, está perdiendo atractivo, especialmente la parte del exilio forzoso o el juicio en Manhattan. La embajada estadounidense no tuvo reparos en señalar el contraste, y Managua, con una rapidez inaudita para un régimen acostumbrado a la sordera, decidió atender el mensaje.
¿Es esta excarcelación un verdadero signo de arrepentimiento o simplemente un pago de seguro contra una posible visita inesperada de "turistas" con uniformes y esposas? Viendo cómo la pareja dictatorial ha aniquilado la disidencia, expropiado propiedades y despojado de nacionalidad a sus críticos, la segunda opción parece la más "comprometida con la paz".
Nicaragua, al parecer, no quiere la receta completa de Venezuela. El arroz y el mango, sí; la parte de ser capturado y juzgado en el extranjero por delitos internacionales, no, gracias. Ortega y Murillo han demostrado que prefieren un "encuentro familiar" con los excarcelados antes que un encuentro con un fiscal en Nueva York. Al fin y al cabo, un poco de aire fresco para los presos políticos es un precio menor a pagar que el billete de avión forzoso a un destino sin retorno. El mensaje en Managua es claro: si Venezuela sirvió como ejemplo de lo que hay que hacer (reprimir), ahora sirve de ejemplo de lo que no hay que hacer (terminar en manos de EE. UU.).








