
En una tarde donde el destino se tiñó de rojo y verde, Azzedine Ounahi se vistió de héroe para guiar a Marruecos a una gesta que trasciende fronteras. Con un doblete magistral, encaminó la victoria 3-0 sobre Canadá en unos octavos de final que ya forman parte de la mitología del fútbol africano.
La tensión se respiraba en cada rincón del estadio hasta que, en el minuto 50, la magia se hizo presente. Un servicio preciso de Achraf Hakimi encontró a Ounahi, quien desde fuera del área soltó un latigazo de derecha que buscó el ángulo, rompiendo el silencio y desatando el júbilo de todo un continente que latía al unísono.
Pero la ambición marroquí no conocía límites. Al minuto 82, tras una elegante asistencia de Brahim Díaz, Ounahi selló su doblete con una definición que sentenciaba el encuentro. Soufiane Rahimi, en el último suspiro del tiempo añadido, puso el broche de oro a una actuación coral inolvidable.
Mientras Marruecos celebra y mira con esperanza hacia Boston, donde espera el vencedor entre Paraguay y Francia, el fútbol se quita el sombrero ante Canadá. Los coanfitriones se despiden tras una participación histórica que capturó el corazón de una nación que aprendió a amar el balón tanto como el disco de hockey. Lucharon como guerreros, dejando una huella imborrable en su propia tierra.
Marruecos reafirma su estatus de gigante, recordando que su camino a los cuartos no es casualidad, sino el fruto de un equipo que juega con el alma. En su camino, dejaron atrás a potencias como Holanda, demostrando que en el Mundial de los sueños, la fe mueve montañas.
Canadá no se rindió sin pelear; Jonathan David y Tajon Buchanan buscaron el milagro hasta el final, topándose con la figura imponente de Yassine Bounou. El guardameta, nacido en suelo canadiense pero de corazón marroquí, defendió su arco con intervenciones que parecieron milagrosas, manteniendo viva la ilusión de su pueblo.
Poco después, Tajon Buchanan sacó un potente disparo lejano que obligó una espectacular atajada del arquero Yassine Bounou. Bounou, quien nació en Canadá de padres marroquíes, tuvo tres oportunas intervenciones para mantener su arco en cero.
Fue un duelo de alta intensidad, un choque de voluntades donde cada balón se disputaba como si fuera el último. Aunque las tarjetas amarillas y la dureza del juego marcaron el ritmo, al final prevaleció la calidad y el ímpetu de una selección de Marruecos que sigue escribiendo su epopeya mundialista.
Fue un partido extremadamente físico en el que se repartieron ocho tarjetas amarillas, cuatro por bando.
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Gerardo García Gamas
Apasionado de la fotografía .



