El gobernador de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, ha salido al paso de las "malas lenguas" que lo acusan de llenar el gobierno de parientes. Con la mano en el corazón (y un ojo en el organigrama), el mandatario ha negado categóricamente que su administración incurra en el tan mentado nepotismo.
"¡Por supuesto que no hay nepotismo!", declaró con firmeza. "Mis hijos no ocupan secretarías ni organismos descentralizados. ¡Faltaba más! En la estructura de alto nivel, busquen bien, 'no encuentran a ningún Jara ni los apellidos de mi esposa'". Aclarado el punto clave: los puestos importantes son para "otros" afortunados.
Eso sí, el gobernador, con una transparencia que desarma, reconoció que "al inicio de su gobierno sí había familiares en cargos operativos y de asesoría". Una minucia, un detalle logístico. Detalló que, como por arte de magia, catorce (¡sí, 14!) personas con lazos familiares encontraron acomodo en niveles "menores": jefaturas, asesorías y puestos administrativos. Al parecer, la afinidad sanguínea es un excelente plus para estos roles.
Pero que no cunda el pánico ni la suspicacia. El mandatario explicó que, en un acto de purga digno de encomio, una parte de este "equipo de apoyo familiar" salió en octubre y el resto "recientemente". Se trataba, según él, de una "limpieza" necesaria, pues esos catorce casos no formaban parte de los 24 movimientos "formales" de gabinete. Eran, en esencia, talento familiar de reserva.
Y para rematar el tema, al ser cuestionado sobre la incursión de su hijo en la política, Jara respondió que este tiene un puesto clave, pero en el partido (secretario de Organización de Morena estatal). "Es un cargo partidista", enfatizó el gobernador, asegurando que no implica responsabilidades gubernamentales ni encuadra legalmente como nepotismo. Un cargo de partido es, por supuesto, una esfera totalmente ajena a la influencia del gobernador... ¿verdad?
Así que, lejos de ser nepotismo, el caso de Oaxaca parece ser un ejercicio brillante de "optimización de recursos humanos con vínculos cercanos", un sello que, irónicamente, ha acompañado a la administración desde el día uno, para deleite de opositores y organizaciones. Porque, ¿quién mejor que la familia para encargarse de esos "puestos técnicos o administrativos" que, aunque "menores", son vitales? Es cuestión de confianza.








