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    Publicado el 16 de agosto de 2025

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    ¡El fotógrafo de las novias!

    La primera mitad del Siglo XX, el Estudio "Bibiloni" capturó la vida de las familias de Villahermosa

    TABASCO. Entre los años treinta y sesenta del siglo pasado, no hubo familia respetable en Villahermosa que no acudiera al Estudio Fotográfico "Bibiloni", ubicado en la calle de Galeana, número 110, en el centro de la ciudad. Allí se hicieron muchas de las clásicas fotografías de novios que aún hoy cuelgan en la sala principal de los hogares, para orgullo de padres, hermanos, suegros, yernos, vecinos y amigos.

     

    “Mi padre era fotógrafo. Se llamaba José Bibiloni Rueda, conocido como el fotógrafo de las novias, porque la mayoría de los que iban a casar, acudían al establecimiento de mi padre, llamado Estudio Fotográfico Bibiloni”, recuerda don Jaime Bibiloni Saldívar, descendiente directo del maestro de la lente. 

     

    Siendo niño creció en el establecimiento fotográfico de su padre, contiguo al hogar familiar. El sexto hijo de un total de ocho vástagos, para cuando don José Bibiloni nació, ya su padre tenía fincada una clientela con más de 20 años en el oficio.

     

    “Me decía mi padre que vino un señor de Nápoles, Italia, que se llamó Giuseppe Manfredino. Aquí en la calle Juárez estableció un negocio para tomar fotos. No sé si por hobby o de eso vivía. Lógicamente cualquier persona que fuera extranjero causaba sensación porque era muy raro que vinieran los gringos o los franceses. Se llegó a rumorar que era un espía. Lo cierto es que ahí aprendió mi padre el oficio. Y ya, pues, fue su modus vivendi, su ocupación habitual de trabajo”, explica.

     

    Entre los juegos, las tareas y la siesta de la tarde, su memoria evoca aquellas visitas de parejas que nunca había visto interrumpiendo la tranquilidad del hogar.

     

    “En aquellos tiempos, como Villahermosa era como un rancho grande, todos nos conocíamos. Entonces, era prácticamente una fiesta aquí en el pueblo, cuando se iba a casar fulanito con menganita, como decíamos coloquialmente. Y era de rigor la foto. Una vez que mi padre entregaba la foto, se mandaba a poner en cuadro y las familias las colgaban de costumbre exhibir las fotos en su sala para demostrar, sobre todo las mujeres, que se habían casado y de blanco”.

     

    FOTÓGRAFOS DE LA CALLE

    No había aún la primera masificación de la fotografía, pero quienes no podían acceder a una casa de estudio para inmortalizar a los miembros de su familia o el instante eterno de los novios, la opción era los fotógrafos de calle.

     

    “Había dos o tres fotógrafos que por lo regular andaban en los parques, por Plaza de Armas algunos tomaban fotos, obvio en blanco y negro. Mi padre empezó en los años treinta, treinta y cinco, yo soy del cincuenta. Mi padre ya tenía un nombre cuando yo nací”, evoca.

     

    Él no podía acercarse tanto al cuarto oscuro, territorio vedado para su curiosidad infantil por su padre, que manejaba los químicos para revelar los rollos fotográficos, en blanco y negro en sesiones previamente planeadas, que podían durar hasta una hora.

     

    “Mi padre acondicionaba el estudio y en su cuarto de revelado ya sacaba el rollo de la cámara, preparando los componentes: El revelador, el fijador, la charola con emulsiones, funcionaban los líquidos, los ácidos, el lavado. Como eran en blanco y negro, mi padre con la pintura de los lápices le daba color, con eso coloreaba la fotografía, era un arte porque los negativos los ponían abajo de un vidrio esmerilado y con el lápiz los retocaba. Si no le quería que le saliera un lugar, ahí con el retoque se le quitaba”.

     

    La paciencia de su padre era parte de su arte fotográfico, porque no solo era tomar la foto, sino revelarla y sacarla lo más perfecta que se pudiera. “No me permitía mi padre que me acercara porque podía tumbar los ácidos”.

     

    La actividad fue el sostén de la familia Bibiloni, que le permitió a don José, mantener a seis hijos, entre ellos, a don Jaime, quien estudió abogacía.

     

    “Tenía que tener mucha paciencia porque era una cuestión de arte, muy delicada... No nos permitía que nos acercáramos porque podíamos tirar alguno de los ácidos del laboratorio”, recuerda.

      

    UN RECUERDO DE DON JAIME TIRADO

    El establecimiento estuvo abierto por más de cuarenta años, pero la tecnología de ese entonces fue rebasada. “Con la tecnología, como vivimos ahora, redujo los centros de trabajo. Mi padre cerró el estudio, se enfermó y falleció. Era un oficio que no había mucho porque era un arte, no cualquiera se podía dedicar a eso. Mi hermana mayor sí aprendió. Mi padre le enseñó. Estaba apegada a él. No era común, era un trabajo para hombres. Lo que había que aprender era prácticamente a preparar los ácidos y demás. Era primordial aprender eso”.

     

    El material de don José Bibiloni se lo llevaron las múltiples inundaciones que Villahermosa ha sufrido. De hecho, su padre documentó muchos inundaciones, que en esos tiempos les decían “Nortes”, lo que ahora son “Frentes Fríos”.

     

    Recuerda a Jaime Tirado, fotógrafo que dejó un legado marcado de postales icónicas de Tabasco. “Don Jaime Tirado lo conocí, vivía en la calle Aldama. Era muy amigo de mi padre, aunque don Jaime era un poco mayor. Me acuerdo mucho de ese señor porque era un hombre muy serio, muy amable. Siempre llegaba en bicicleta, no recuerdo la marca pero decía que era una bicicleta alemana. Venía hablar con mi padre de fotografía, de innovaciones y de los que llegaban a publicar los periódicos. Yo estaba muy chico pero sí lo recuerdo”, concluye.

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